Tras el éxito obtenido en la realización del programa de radio en directo de la cadena COPE en las instalaciones de la Clínica Díaz Caparrós, con motivo de las fiestas internacionales  de Carthagineses y Romanos, en su 29ª edición, hemos querido regalar a nuestros seguidores y amigos la guía informativa en la que se han basado Mari Carmen Berrocal (directora de patrimonio de Cartagena) y el Dr. Félix Díaz Caparrós, director de la clínica que lleva sus apellidos.

HIGIENE Y ESTÉTICA EN ROMA EN LA ROMA ANTIGÜA

Los antiguos no conocían el jabón. Aunque una leyenda atribuye el descubrimiento del jabón a los galos, hay pocos datos fidedignos al respecto. Lo cierto es que el jabón aparece en Europa de la mano de los árabes, bien entrado el s. VIII d.n.e.

Entonces,  ¿cómo se lavaban los antiguos? ¿Sólo con agua? ¿O recurrían a otros métodos? ¿Cómo eran las prácticas de higiene en el mundo clásico?

La higiene, entre los griegos y romanos era algo muy importante. No podía ser de otro modo, ya que una buena parte del día lo pasaban en las termas. Una de las dependencias de las termas era, precisamente, la palestra, donde se practicaban diversos ejercicios. Lo que hoy llamaríamos gimnasio o sala de fitness.

Tras los ejercicios de la palestra, es lógico que los atletas, sudorosos, necesitaran una buena ducha. Para limpiarse bien se untaban el cuerpo con aceite, más o menos perfumado. El coste del aceite era diverso (como sucede hoy con los cosméticos) atendiendo a su calidad y aroma. En general, cada uno llevaba su aceite, en una especie de recipientes esféricos, llamados aríbalos, que solían llevar colgados a la cintura.  En caso de pertenecer a una clase social modesta y no llevar aceite propio, podían recurrir al un aceite básico, que les suministraba el entrenador de las termas, el magister. No debía ser ni perfumado ni de extrema calidad, pero por lo menos servía para limpiarse.

Tras untarse con el aceite, frotaban su cuerpo con una fina arena, con finalidad abrasiva. Es de suponer que también existían diferencias de calidad en esto. Luego la mezcla de sudor, suciedad, aceite y arena era retirada con un aparato especial, el estrígilo.

En ocasiones, la arena era sustutuída por cenizas (un claro precursor del jabón). Los egipcios usaban el natrón, una mezcla natural de carbonatos y bicarbonatos con múltiples aplicaciones. Para los egipcios, usándose por ejemplo en el proceso de momificación o para elaborar piezas de fayenza.

El estrígilo (griego ξύστρα, latín strígilis) era un raspador de metal largo y fino. Tenía la forma parecida a una hoz, pero sin filo. Estaba dotado de un mango y de una parte metálica acanalada, una especie de espátula curva semicircular. Al frotar la piel con el estrígilo se eliminaban los restos de suciedad. Las materias liposolubles habían sido disueltas por el aceite y las hidrosolubles por el agua. La arena realizaba una fina abrasión, un peeling, desprendiendo las células muertas epidérmicas. Por otra parte el aceite restituía el manto ácido cutáneo y tenía finalidades emolientes. Además – en caso de estar perfumado – tenía una finalidad desodorante. El resultado, al parecer, no estaba mal.

En la antigua Roma la estética representó una verdadera obsesión. Cuanto más alto era el estatus de la persona, más cuidada era su apariencia. Maquillajes, perfumes o peinados no eran en absoluto exclusivos del sexo femenino, sino que los hombres también optaron por embellecerse y cuidarse.

 

El maquillaje

El conocimiento de la cosmética y de la aromaterapia en la Antigüedad se desprende de los textos clásicos de Plauto, Propercio, Ovidio, Horacio, Séneca, Plinio el Viejo, Dioscórides, Marcial, Tácito, Juvenal, Luciano de Samosata o Galeno. Algunos de estos autores tildaron al maquillaje de práctica viciosa, vulgar y fraudulenta.

‘Quien observe a las mujeres levantarse de la cama a primera hora de la mañana, las encontrará feas como simias. He aquí la razón de por qué se encierran esmeradamente en casa y no se hacen ver por ningún hombre. Las mujeres más ancianas y una fila de siervas […] se esmeran en torno a la matrona para mejorar con varios recursos la apariencia de su rostro […] Polvos de diferentes compuestos tienen la función de aclarar la piel apagada […] Existen cuencos de plata, jarros, espejos y varios vasos similares a los de las farmacias, en cuyo interior se conservan sustancias dentífricas o pigmentos para ennegrecer las pestañas.’ Luciano de Samosata, Amores, 39.

 

 

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El cuidado de la belleza femenina se conoce como cultus. Relieve del siglo III d.C., Städtisches Museum Tréveris.

Tanto en la cultura egipcia como en la griega fue común la existencia de esclavas dedicadas en exclusiva al cuidado de la belleza de sus amos, tradición que se acentuó sobre manera en Roma con esclavas altamente cualificadas en el arte del maquillaje y de la perfumería.

Sentada en una banqueta sin respaldo, el scannum o subsellium, o en una silla con brazos y respaldo, la cathedra, en una habitación donde, según nos informa Ovidio, los hombres tenían vetado el acceso, la domina o señora era tratada por sus maquilladoras personales que guardaban celosamente los preciados espejos, maquillajes y perfumes en armarios dotados con cerraduras.

El maquillaje facial tenía una consistencia poco granulosa y se mezclaba en pequeños platos. Utilizaba como base la lanolina de lana de oveja sin desengrasar, el almidón y el óxido de estaño –actualmente el almidón se sigue utilizando en los productos cosméticos para suavizar la piel.

Tradicionalmente, las mujeres llevaban el rostro blanco. Para lograrlo, utilizaban una mezcla a base de yeso, harina de habas, sulfato de calcio y albayalde, si bien es cierto que los resultados finales de esta mezcla eran curiosamente los contrarios.

Para aclarar el rostro también utilizaban una base de maquillaje elaborada con vinagre, miel y aceite de oliva, así como las raíces secas del melón aplicadas como un emplasto, los excrementos de cocodrilo o estornino e incluso, según Galeno, polvos de plomo.

Otros ingredientes utilizados en blanqueadores fueron la cera de abeja, el aceite de oliva, el agua de rosas, el aceite de almendra, el azafrán, el pepino, el eneldo, las setas, las amapolas, la raíz de lirio y el huevo. Igualmente, con objeto de lograr el blanqueamiento facial, las mujeres ingerían una gran cantidad de cominos, y para dotar a la piel de una mayor luminosidad se utilizaban los polvos de mica.

Como símbolo de la buena salud las mujeres resaltaban sus pómulos coloreándolos en tonos rojos muy vivos. Para ello utilizaban tierras rojas, alheña o cinabrio. En otros casos, las alternativas más asequibles incluían el jugo de las moras o los posos del vino.

Por otro lado, el carmín labial, asimismo en tonos rojos muy vivos, se lograba con el ocre procedente de líquenes o de moluscos, con frutas podridas e incluso con minio. Además, estaba muy difundida la moda de que las mujeres se marcasen las venas de las sienes en color azul.

Los cánones de la belleza romana indicaban que la mujer debía poseer grandes ojos y largas pestañas. El perfilador de ojos, que se aplicaba con un pequeño instrumento redondeado de marfil, vidrio, hueso o madera, que previamente se sumergía en aceite o en agua se obtenía con la galena, con el hollín o con el polvo de antimonio.

Para la sombra de los ojos, generalmente negra o azul, era imprescindible la ceniza y la azurita. Asimismo, y por influencia egipcia, existían las sombras verdes elaboradas con polvo de malaquita.

Las cejas se perfilaban sin alargarlas y se retocaban con pinzas. En este sentido, existía una predilección por las cejas unidas sobre la nariz, efecto que se lograba aplicando una mezcla de huevos de hormiga machacados con moscas secas, una mezcla que también era utilizada como máscara para las pestañas.

Fue Popea, la esposa de Nerón, quien inventó la primera mascarilla facial, conocida como tectorium, utilizando una mezcla de pasta y leche de burra que se aplicaba antes de acostarse y que se dejaba puesta durante toda la noche.

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Fresco del siglo I a.C. procedente de la Villa Farnesina, en la que una joven rellena una ampolla de perfume (Museo Nazionale di Roma).

A la sociedad romana le disgustaban las arrugas, las pecas, las manchas y las escamas en la piel. Así pues, existían mascarillas de belleza contra las manchas como la realizada con hinojo, mirra perfumada, pétalos de rosa, incienso, sal gema y jugo de cebada.

Para contrarrestar las arrugas era muy común una mascarilla elaborada con arroz y harina de habas, pero sin duda la más sencilla fue la realizada a partir de leche de burra con la que algunas mujeres se lavaban las mejillas hasta siete ocasiones al día. También, contrarrestaban las arrugas hirviendo el astrágalo de una ternera blanca durante cuarenta días y cuarenta noches, hasta que se transformara en gelatina, aplicándolo posteriormente con un paño.

Para tratar las pecas se aconsejaba las cenizas de caracoles, y contra la psoriasis el fango del Mar Muerto o asphaltite. Para alisar la piel era muy común una mascarilla a base de nabo silvestre y harina de yero, cebada, trigo y altramuz. Asimismo, también existían mascarillas faciales para anular el acné, las ulceraciones oculares y las heridas labiales.

Resulta curioso que debido al hedor de muchos de los ingredientes empleados en las mascarillas faciales, como excrementos, placentas, médulas, bilis u orinas, era frecuente perfumarlas.

El hecho de maquillarse requería una gran cantidad de tiempo y la ayuda de esclavas, por lo que, lógicamente, tan sólo las mujeres de la aristocracia tendrían el privilegio de poder maquillarse a diario.

Algunos hombres, fundamentalmente los travestis, recurrieron al maquillaje y a la depilación a pesar de ser considerado algo impropio y afeminado como informan Marcial y Plinio el Joven.

Los maquillajes se vendían en los mercados en pequeños vasos de terracota antropomorfos o zoomorfos, en vasos de vidrio verde y azulado o en pequeños recipientes de alabastro egipcio, madera, hueso, ámbar, plomo o metales preciosos. También se vendían pequeños cofres de madera de talla egipcia con varios departamentos y cerraduras, conchas para mezclar, espátulas, lápices, pinceles o bastoncillos.

 

Los baños hidratantes

Los baños hidratantes gozaron de gran popularidad en la antigua Roma. Popea, siguiendo las prácticas de Cleopatra VII, en todos sus viajes se hacía seguir por un rebaño de trescientas burras que cada mañana eran ordeñadas para garantizar su hidratante baño matutino.

Sólo los más afortunados, desde el siglo III a.C., tenían baño en casa y podían permitirse la lavatio diaria, pues lo más común era lavarse todo el cuerpo cada semana o cada nueve días en correspondencia con los días de mercado, las nundinae. Asimismo, varias familias de la aristocracia romana contaron con bañeras portátiles que solían instalar en las habitaciones contiguas a la cocina para poder disponer de agua caliente.

En los baños se utilizaban esponjas naturales, las spongiae, y jabones también naturales como el struthium, la soda o aphronitum, el fango, la harina de habas o la piedra pómez, muchos de ellos detergentes abrasivos que obligaban a utilizar después de cada baño aceites perfumados para hidratar la piel. Además, existían diferentes tipos de toallas dependiendo de su utilidad: la sabana o toalla de baño; la facial o toalla para el rostro; y la pedale o toalla para los pies.

 

Los perfumes y los ungüentos

Los perfumes y los ungüentos perfumados fueron artículos de lujo que gozaron de gran popularidad entre hombres y mujeres de todo el Imperio.

“Me gustan los ungüentos; son los perfumes aptos para los hombres. Los finos perfumes de Cosmo proporcionan la justa fragancia…” Marcial, XV, 59.

Utilizados originariamente con fines puramente rituales y culturales, los perfumes se obtenían de las fragancias derivadas de las plantas, las flores y las semillas. Ingredientes fundamentales eran la mirra, el incienso, el cardamomo y la canela.

Las mujeres que se perfumaban hacían llenar la boca de sus esclavas con el perfume y estas lo pulverizaban sobre sus amas. También era muy común que las mujeres se aplicasen aceites y ungüentos perfumados por los cabellos y por todo el cuerpo y que incluso perfumasen, como relata Marcial, su ropa interior y sus vestidos –Calígula se bañaba en perfume y Nerón incluso perfumaba su calzado.

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